Este verano estuve trabajando en una presentación sobre gemelos digitales en salud usando datos multiómicos. La idea, en pocas palabras: construir un modelo computacional de un paciente —integrando genómica, proteómica, metabolómica y más— capaz de simular su evolución clínica, anticipar riesgos y probar tratamientos antes de aplicarlos en la vida real.
Mientras investigaba, me topé varias veces con la misma referencia en la literatura científica: un cuento de Jorge Luis Borges. Al principio pensé que era una anécdota suelta, pero la cita se repetía en distintos papers, como si fuera un lugar común entre quienes piensan sobre modelos y representación. No podía creer que un microrrelato de los años 40 siguiera siendo relevante para discutir los límites de la modelización biomédica en 2026.
La curiosidad pudo conmigo y llamé a varios amigos borgeanos para preguntarles si conocían el texto. Uno de ellos, encantado, me mandó la foto de la primera edición.
El cuento se llama “Del rigor en la ciencia”, y es de una economía brutal: apenas un párrafo. Borges lo presenta como una cita atribuida a un autor ficticio, Suárez Miranda, en una obra imaginaria de 1658. Cuenta que en un imperio la cartografía alcanzó tal perfección que los mapas de una provincia ocupaban una ciudad entera, y los del imperio, una provincia entera. Insatisfechos incluso con eso, los cartógrafos terminaron trazando un mapa del tamaño exacto del Imperio, que coincidía con él punto por punto. Las generaciones siguientes, ya sin ese fervor cartográfico, encontraron el mapa inútil y lo abandonaron a la intemperie, hasta que quedó reducido a ruinas dispersas por el desierto, habitadas por animales y mendigos.
Es, básicamente, una parábola sobre los límites de la representación: perseguir una exactitud absoluta —un mapa idéntico al territorio— no solo es imposible, es contraproducente. Más detalle no siempre es más útil; en algún punto, la réplica perfecta colapsa bajo su propio peso y deja de servir para lo que fue creada. Décadas después, Jean Baudrillard retomaría esta misma imagen —el mapa que sustituye al territorio— como punto de partida de su teoría de la hiperrealidad y su crítica a la simulación en la sociedad contemporánea.
Pensándolo en clave de gemelos digitales en salud, el cuento funciona casi como advertencia técnica. Un gemelo digital no tiene que ser una réplica total del paciente —eso ni es posible ni es el objetivo—. Tiene que ser un modelo útil: lo suficientemente preciso para responder preguntas clínicas concretas, sin intentar capturar cada molécula, cada interacción, cada variable. La tentación de “más datos, más ómicas, más resolución” puede llevarnos, como a esos cartógrafos, a construir algo tan detallado que termine siendo inmanejable e inservible.
Un cuento de una página, escrito hace más de 80 años, resumiendo en pocas líneas un debate central de la ciencia de datos y la medicina computacional actual. Así es Borges.
¿Lo conocían?
